Desde la fundación de la capital, El Ávila ha garantizado el bienestar ambiental de todos los caraqueños. Flora, fauna, cauces de agua y más, conforman en más de 80 mil hectáreas, el más perfecto sistema ecológico, del cual depende la vida no solo de quienes habitan en Caracas, sino de todos los poblados que se hallan a sus pies. Debemos preocuparnos por mejorar nuestras incursiones en este pulmón vegetal, teniendo como premisa, su conservación.
 
 
Es necesario destacar que en el pasado siglo, la montaña como tal llamaba muy poco la atención de los caraqueños en general: primero, por los peligros que encerraba, en segundo lugar, porque en las mentes no había entrado todavía el concepto de montañismo, y tercero, porque el valle todavía le quedaba muy ancho a la ciudad de los techos rojos. Imagina la Caracas de antaño, con sus vigilantes nocturnos arrebujados en gruesas cobijas y sombreros calados, que al filo de la medianoche lanzaban su destemplado grito al estilo de la serie El Zorro, ese típico: “Las doce y todo sereno”, estaba sitiada de plantaciones de caña, frutales, cafetales y cacaotales; y, como observa Luis María Lisboa, esas plantaciones de café y cacao, sombreadas por guamos, cedros y bucares, se convertían en verdaderos parques, aún sin intención de los dueños, quienes los fines de semana se volvían espléndidos anfitriones para las visitas que les llegaban a Caracas. En los meses secos, acudían los caraqueños al Recreo de Sabana Grande, para bañarse en el Río Guaire, o al bosque de Mecedores, si preferían un ambiente más selvático y el rezongo de los araguatos. Definitivamente, El Ávila no era una prioridad o necesidad como se muestra hoy día, por tanto, debemos protegerla.
 
 
Conoce tu montaña,
vive Acamparavila…
 
 

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